Hay cosas que sabes antes de que ocurran. Las intuyes, te las imaginas, las ves en los demás y las trasladas a tu terreno, construyendo castillos en el aire que, lógicamente, sólo son eso, hipótesis que nunca sabrás qué grado de fiabilidad tienen hasta que ocurren. Yo imaginé muchas veces lo que sería tener un perro. Cuando todo el mundo me vendía los inconvenientes (la esclavitud de sacarlo, los destrozos en la casa, qué hacer con él en vacaciones, la pena cuando se muera...), yo me agarraba a las ventajas, pero en ese tema jamás fui yo la que tuvo la sartén por el mango, así que siempre ganaron los contras. Hasta hace un año. De pronto me vi dueña de un tesoro de valor incalculable, tan reciente que me quemaba en las manos y apenas sabía qué hacer con él: de pronto era dueña de mi libertad. De una libertad de decisión y acción absoluta y vertiginosa. De golpe y porrazo, todo había cambiado, y descubría con asombro divertido que podía hacer lo que me diera la gana, sin consultar pareceres a nadie, sin que mis decisiones se vieran determinadas por la opinión de otros. Recuerdo cómo los primeros días me ahogaba tanto aire fresco de repente. No sabía qué hacer con él. Respirarlo me mareaba, y no hacerlo y seguir como hasta entonces no tenía ningún sentido: tenía que asumir lo evidente. Me llevó un tiempo acostumbrarme a la idea de que, por ejemplo, no pasaba nada si no volvía a casa a una hora determinada, pero curiosamente no tardé mucho en saber cuál sería una de mis primeras decisiones en esa nueva etapa. Sí: ya podía tener perro. Además, el momento no podía ser más adecuado. Primero, porque me vendría bien la compañía: la casa estaba demasiado vacía de repente, y un bichejo correteando por ella no me daría margen a pensamientos oscuros y acallaría los posibles ecos tristes. Pero, sobre todo, por la sensación real y palpable, de carne, hueso y pelo, de ser yo quien decidiese. Ahora podía. Y lo hice.
Desde entonces, un año ya, Lea vive conmigo. Y se me hace difícil imaginarme la casa sin ella. Tenerla no sólo es tan bueno como pensé que sería (tengo imaginación viva...), sino mejor. Mucho mejor. Es una perrita buena, cariñosa, alegre, terriblemente sociable y, a la vista está, muy bonita. Enamora a todo aquel que la conoce (incluso a reconocidas "gatunas" como MiOtraElla...). La elegí absolutamente influida por Kaiser, el insigne perrón de Jean Bedel, al que envidié desde la primera foto de cachorrito que puso en su blog. Me gusta que ella fuera uno de los primeros frutos prácticos de esa libertad que me encontré de golpe. Porque demuestra que, en efecto, no hay mal que por bien no venga...


